Nació Ramón J. Sender (1901-1982) al compás del siglo XX en “ese calor de las aldeas lleno de silencios”, como recordaba en el primer volumen de Crónica del alba. Era un calor “en que las palomas buscan la sombra y el tiempo parece detenerse y adquirir profundidad en mil pequeños rumores”. Como los inuits, que distinguen un millón de tonos en el blanco de la nieve, aquel niño solitario de Chalamera (Huesca) aprendió a descomponer el silencio y el aburrimiento en millones de modulaciones, y con su oído finísimo se convirtió en el gran cronista del siglo que nació con él.
El niño José Garcés de Crónica del alba —el gran heterónimo de Sender en esas falsas memorias noveladas— se escapaba de la vigilancia del padre subiéndose al tejado con unos gemelos, y atalayaba el pueblo desde su puesto de observación junto a la chimenea. Es fácil reconocer al escritor adulto en la actitud del aquel chaval asilvestrado que prefiere cazar grillos a meterse los latines en la mollera. Es fácil comprender que Sender se vea a sí mismo vigilante, siempre esquinado, tan atento como discreto, el tipo que se camufla en el cuadro general, pero lo entiende y lo narra después con palabras precisas y sencillas.
El curso pasado terminó con dos buenas noticias para los amantes de este chivato impertinente y directo. La Biblioteca Castro ha empezado a publicar parte de sus obras, con un primer tomo dedicado a su narrativa escogida, que incluye tres novelas imprescindibles: Imán, Mr. Witt en el cantón y Réquiem por un campesino español, con un estudio preliminar a cargo del profesor Juan Carlos Ara Torralba. Por otro lado, la editorial Deusto ha recuperado Contraataque, la crónica personalísima de los primeros meses de la Guerra Civil española.






