“¿Cuál es tu horóscopo?”, acostumbro a preguntar en entrevistas o cuando conozco a alguien. Algunos me miran con extrañeza. Otros no saben su signo y acaban pidiéndome su carta astral completa. “Uf, géminis”, digo. “¿Eso es bueno?”, me preguntan. “Depende de tu ascendente”, disimulo. Ahí empieza una conversación sobre cómo somos.
Los horóscopos nacieron en la antigua Babilonia para registrar la posición de cuerpos celestes dividiendo el firmamento en 12 partes asociadas con constelaciones, y en la Grecia helenística evolucionaron hacia el zodiaco y la predicción personal. Mucho más tarde, en 1930, el horóscopo moderno hizo su entrada triunfal en una columna del Sunday Express, que publicó una predicción para el nacimiento de la princesa Margarita. Desde las tablillas de Mesopotamia hasta el feed de las redes sociales. No solo han sobrevivido, se han adaptado. Hoy es cultura pop, entretenimiento; pero también guía espiritual para otros. ¿Por qué?
“Aunque vivimos rodeados de ciencia, datos y tecnología, seguimos necesitando relatos que nos den sentido. No siempre explicaciones lógicas o verdades absolutas”, explica Pedro Juan Martín Castejón, doctor en ciencias empresariales y en antropología social, y profesor en la Universidad de Murcia. “La astrología ofrece una forma de mirar el desorden de la vida y encontrarle cierto sentido. No certeza, pero sí resonancia”, continúa. “Es curiosidad sobre cómo somos y funcionamos. Hay dos partes que son dos deseos humanos: cómo somos y predecir qué sucederá”, desarrolla Carlos José Losada, psicólogo y vocal de la Sociedad Española de Psicología Clínica (ANPIR).






