A veces los datos explican más que una imagen o que mil palabras. En agosto de 2022, seis meses después de iniciarse la invasión rusa, el municipio ucranio de Dobropilia se encontraba a 55 kilómetros de las tropas ocupantes. El 8 agosto de 2024, hace un año, el ejército ruso había avanzado hasta situarse a 32 kilómetros de esta localidad de la provincia de Donetsk, en el este de Ucrania. En junio, cuando empezó la ofensiva rusa de verano, los soldados invasores estaban todavía a 25 kilómetros de Dobropilia. Dos meses después, ya están a solo 11 kilómetros.

La prueba del algodón de que una ciudad se prepara para un asedio inevitable no son solo las columnas de humo que se levantan en el inmediato horizonte, las explosiones de la artillería o los drones de monitorización enemigos que la sobrevuelan: es sobre todo el hecho de que se vacía de vecinos a marchas forzadas. La ONG Proliska evacua cada día a 200 ciudadanos de la zona. Furgonetas, coches y personas cargando sus enseres en carretas salen de allí en dirección a la provincia de Dnipropetrovsk. El número de refugiados de Dobropilia se ha multiplicado por cinco en dos semanas, dicen en Proliska.

Dobropilia es hoy quizá el paradigma de la racha militar rusa más consistente desde la primavera de 2022, cuando invadieron Ucrania por sorpresa. La guerra todavía sigue siendo un conflicto de cientos de kilómetros de frente activo pero sin grandes variaciones. La línea de contacto entre los dos ejércitos es de unos 1.200 kilómetros. En buena parte de estos se mantienen las tablas, pero Rusia está apretando como no hacía desde hace dos años en múltiples provincias, abriendo nuevos puntos calientes en la región de Járkov, en Zaporiyia y en Sumi.