Estaban a punto de comenzar los bises tras unas dos horas de concierto y la actividad siguió. No se trataba de aplaudir y gritar para solicitar la vuelta al escenario del grupo, sino de ejercer de público a la coreana, siendo activo y pautado. Una docena de canciones, la mayor parte de las cuales habían desfilado por escena, volvieron a sonar en fragmentos solo para que las cámaras captasen cómo el público las coreografiaba, calcando los movimientos de sus estrellas. Nada de parejitas embelesadas y personas sonriendo, o no, al verse captadas, todo el mundo a contonearse y bracear dando apoyo al proyecto.

Esto es ser fan de Blackpink, casi una militancia que el público acepta gustoso configurando el fenómeno del K-pop, el pop coreano, una meditada estrategia que la noche del sábado llenó el Estadio Olímpico de Barcelona, 51.000 personas, en una de las pocas citas que el cuarteto ha ofrecido en Europa durante su gira mundial. Y el triunfo estuvo, es de imaginar, a la altura de los cálculos.

La locura se encendió desde el principio, incluso antes de iniciarse el espectáculo. Y es que las seguidoras ya iban equipadas para la coreografía, portando unos martillos rosas y negros con cabeza rematada por corazones que iluminados darían color al estadio. Cándidos Coldplay, gastando dinero en pulseritas para igual fin mientras que Blackpink, o YG Entertainment, la empresa propietaria del grupo, ya había ganado los 50 euros, o 75 si se compraba en el recinto, que costaba la muestra de adhesión al grupo, que casi todo el mundo enarbolaba.