Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, los sueños fueron considerados de forma casi mística, como mensajes de dioses, demonios o antepasados. “El último sitio del que se imaginaba que podían surgir los sueños era la carne aparentemente inactiva que alberga el cráneo. Se creía que, durante el sueño, la mente quedaba aletargada y se convertía en un recipiente pasivo”, escribe el neurocirujano y neurobiólogo estadounidense Rahul Jandial en las páginas de ¿Por qué soñamos? (Diana).

La evidencia científica obtenida en el último siglo, y más concretamente en las úl­timas décadas, desmontó esa idea. El cerebro permanece en constante actividad mientras dormimos, especialmente en su fase REM —en la que se producen la mayor parte de los sueños, también los más vívidos y elaborados—, cuando la actividad cerebral llega, incluso, a incrementarse en algunas regiones respecto a la vigilia.

El sueño es un proceso activo que consta de dos fases que se van alternando de forma cíclica durante la noche. Por un lado, está la fase no REM, que en adultos representa aproximadamente un 80% del tiempo de sueño. Por otro lado, la fase REM, que representa un 20%. “Cuando nos dormimos entramos en sueño no REM para pasar en unos 90 minutos a sueño REM completando un ciclo de sueño – explica por teléfono Ainhoa Álvarez, neurofisióloga clínica de la Unidad del Sueño de la Organización de Servicios Sanitarios de Araba–. En una noche, normalmente, hacemos de cuatro a cinco ciclos de sueño, con la peculiaridad de que cada vez el sueño REM dura más. Por tanto, es más fácil despertarse en sueño REM por la mañana, y acordarnos de lo que soñábamos. Pero aunque no nos acordemos también soñamos”.