Gabe Kim se gana la vida como puede conduciendo un Uber por San Francisco. Tiene 38 años y hace 10 meses dejó el estudio en el que trabajaba como artista en Los Ángeles para mudarse aquí con una sola misión: colaborar en la construcción del templo de Burning Man. Ha ido cuatro veces al famoso festival, esa celebración entre verbena psicodélica y espiritual de final del verano en mitad del desierto de Nevada, y lo que más le conmovió cada una de esas veces fue “ver arder el templo”. Así que este año, Gabe ha decidido que será uno de los 900 voluntarios que participarán en la construcción de este gran monumento efímero. En Burning Man, casi todo se levanta con las manos de trabajadores comprometidos que, como él, no cobran ni un dólar. Cuando el templo esté acabado, Gabe planea dejar allí una foto y una carta. Su hermano murió de forma repentina a los 21 años, cuando él tenía 18. Nunca pudo despedirse de él.
Cada año, decenas de miles de personas se reúnen en el desierto de Black Rock —con sus 2.600 kilómetros cuadrados, es la superficie plana más grande de Estados Unidos, incrustada en Nevada— para levantar una ciudad efímera que dura lo que la fiesta: una semana. Es un experimento social, una comunidad en la que no vale el dinero y todo se comparte. La playa, que es como se llama el área donde se levanta esta urbe, es una utopía temporal, mezcla de creatividad, polvo y fuego. Y en ese ambiente de caos controlado y euforia, el templo es un espacio de silencio y recogimiento.






