Al final habrá que darle las gracias a McLaren. En manos de otro que no fuera su director, Zak Brown, el Mundial de Fórmula 1 de esta temporada sería un puro trámite a la espera del meneo en el reglamento que se avecina el año que viene. Sin embargo, el ejecutivo americano permite que Lando Norris y Oscar Piastri, su pareja de gallos, se den cera de la buena en pista, al menos ahora que la competencia circula muy por detrás de ellos, con una, dos o hasta tres marchas menos.
El dominio de los bólidos papaya es tan bestia como en los últimos ciclos lo fue el de Red Bull o el de Mercedes. La gran diferencia es que no hay un solo abanderado en el proyecto, como fue el caso de Max Verstappen y Lewis Hamilton, sino los dos miembros del equipo de Woking (Gran Bretaña), enzarzados en un intercambio de golpes que cada fin de semana cae de un lado. En Hungría le tocó a Norris tirar el confeti para irse a la playa nueve puntos por detrás de su vecino, que en las últimas cuatro carreras ha perdido el tirón del inicio del curso. A pesar de tenerlo todo de cara para volver a ganar en Budapest —el año pasado estrenó su casillero de triunfos—, el contraataque de su compañero orquestado desde el muro remezcló de nuevo la baraja, y el comodín se lo llevó quien más apurado estaba.















