El verano de 1985 no fue fácil para Felipe González. El paro rompía la barrera psicológica de los tres millones de desocupados, los precios no dejaban de subir, los salarios no paraban de depreciarse y Comisiones Obreras (CC OO) convocaba la primera huelga general de la democracia contra la reforma de las pensiones. El presidente socialista tuvo que abrir una crisis de gobierno para remodelar su gabinete y salvar la legislatura. A comienzos de julio, cuando creía haber completado su lista de cambios, Miguel Boyer, ministro de Economía, Hacienda y Comercio, planteó su decisión irrevocable de dimitir de su cargo.
La inesperada dimisión del superministro del felipismo provocó un cisma dentro del gobierno de González. Los cronistas políticos y los de sociedad tenían sus teorías sobre los motivos. Los primeros apuntaban a un enfrentamiento entre Boyer y el vicepresidente Alfonso Guerra, número dos del Ejecutivo y del PSOE. Los segundos, a un romance del economista con Isabel Preysler. En los mentideros de Madrid se decía que Boyer, apodado por Manuel Vázquez Montalbán como “el príncipe” y casado con la reputada ginecóloga feminista Elena Arnedo, y Preysler, conocida como la reina del papel couché y casada con el aristócrata Carlos Falcó, marqués de Griñón, se estaban viendo en secreto tras conocerse en una comida en casa de Mona Jiménez.






