El ajetreo es notorio en el enorme recibidor del hotel Pure Salt de Port Adriano, enclavado en un acantilado en la costa sur de Mallorca. Al anochecer del jueves se dan cita bronceados veraniegos, vestidos rojos y camareros que pululan con bandejas de canapés de un lado a otro. El trajín es palpable en la entrada del hotel, pero el jaleo se va desvaneciendo a medida que se avanza por los pasillos. La tranquilidad reina su habitación, situada en la planta baja, con vistas a la zona de la piscina y con un agente de seguridad con pinganillo que deambula por la terraza ajardinada vigilando que nadie se acerque. Allí recibe a EL PAÍS la actriz estadounidense Hilary Swank (Nebraska, 51 años), ataviada con un vestido rojo de gala. “Acabo de llegar esta tarde a Mallorca, hasta el momento ha sido maravilloso” afirma la artista, sentada en un sofá de la habitación.
La intérprete ha llegado a la isla para pasar unos días invitada por el empresario inmobiliario alemán Marcel Remus, que cada año organiza una fiesta multitudinaria convertida en una de las citas habituales del verano mallorquín. A Swank le han precedido como estrellas invitadas al evento en ediciones anteriores la escritora Joan Collins, la actriz Elizabeth Hurley o la cantante La Toya Jackson. La dos veces oscarizada actriz debuta en la fiesta, pero no en la isla, que ya conoce de otras dos ocasiones anteriores en las que tuvo la posibilidad de explorarla por vacaciones. A pesar del ambiente distendido, de la cercanía de la artista y de su sonrisa perenne, el cronómetro echa a andar en un encuentro de 10 minutos exactos que saben a poco.






