Xabi Alonso —flamante nuevo entrenador del Real Madrid al que media España querría como yerno y la otra media como seleccionador nacional— se enfrenta a un nuevo litigio judicial por el chalé “ilegal” que ha construido en San Sebastián. La base de la denuncia, presentada por grupos ecologistas ante la Fiscalía, tiene que ver con el acceso a la propiedad: al parecer, está utilizando un camino catalogado como de “dominio y servicio municipal” para llegar hasta su casa. Es decir, un tramo de vía pública que, si uno se guía por la letra del reglamento (y no por la discreción de una verja bien situada), no debería privatizarse sin más.
La parte interesante, o al menos la que nos lleva a un terreno donde lo legal se vuelve estético y lo estético se vuelve ideológico (como casi todo, en realidad), es otra. En la denuncia también se menciona que el ayuntamiento donostiarra ya incurrió en una “ilegalidad manifiesta” al permitir que el chalé tuviera una cubierta plana. Porque, atención, en ese ámbito rural las ordenanzas municipales solo admiten “cubiertas inclinadas de dos, tres o cuatro aguas”.
En general, se entiende lo que se quiere evitar: que no te planten un búnker gris en mitad del caserío. Que la casa “parezca de aquí”. Que respete una cierta estética rural que, aunque nunca del todo codificada, se reconoce como tal. Pero reducir toda esa vernacularidad a la inclinación de la cubierta es, como poco, discutible. Primero, porque ni las cubiertas inclinadas son necesariamente tradicionales, ni las planas modernas. Segundo, porque esa equivalencia —tejado inclinado igual a autenticidad; tejado plano igual a provocación urbanita— tiene mucho más de cliché que de verdad arquitectónica.






