Ni todos los terremotos en el mar provocan tsunamis, ni todos los tsunamis tienen su origen en un seísmo. Uno como el que ha generado alertas por todo el océano Pacífico este miércoles se da solo cuando coinciden determinados factores que generan ese masivo movimiento de las aguas marinas. Por lo general, debe producirse un sismo de magnitud importante cuyo epicentro (la proyección en la superficie de su origen subterráneo) esté en el fondo marino o no muy lejos de la costa. Además, el mecanismo del terremoto generalmente debe propiciar ese gigantesco impulso de las aguas, porque haya una ruptura del lecho marino, con un súbito empuje desde el fondo oceánico de manera vertical. Es decir, el terremoto tiene que producirse bajo el mar y liberando mucha energía en un movimiento vertical, para que la corteza empuje hacia arriba o hacia abajo la columna de agua que tiene encima.

El empujón inicial genera ondas que se propagan a gran velocidad por el océano, hasta 800 kilómetros por hora en mar abierto. Pero las ondas sísmicas viajan mucho más rápido que el tsunami, por lo que, una vez que se ha producido un gran terremoto como el de este miércoles en la península rusa de Kamchatka, los sistemas de alerta pueden predecir el comportamiento, la dirección y la llegada del fenómeno con suficiente margen de tiempo para alertar a la población. En concreto, en la región del Pacífico hay muchos países con gran experiencia haciendo frente a tsunamis, como Japón, EE UU y Chile, lo que les permite reaccionar con gran rapidez. El Centro de Alerta de Tsunamis del Pacífico ha adelantado sus proyecciones poco tiempo después del seísmo, pronosticando unas olas de hasta tres metros en las costas rusas, de Ecuador y de las islas de Hawái. En estas últimas, los primeros oleajes se han medido por encima del metro de altura en la isla de Hilo, tras recorrer el tsunami unos 5.000 kilómetros desde su origen.