Lo primero que hay que agradecer a los últimos días de julio es que con ellos llega el cierre temporal del Congreso. Un cierre que conlleva un merecido descanso pero no para los diputados sino para los espectadores, lectores u oyentes de los informativos, saturados del lamentable espectáculo de quienes pretenden representarnos y que al parecer hace tiempo abandonaron el análisis de las propuestas políticas ajenas para sustituirlas por el insulto, el sarcasmo de andar por casa o directamente el desprecio, unas actitudes que suponen fomentar el distanciamiento de la ciudadanía de la política y, por tanto, favorecen el surgimiento de los demagogos.
Y no sería correcto silenciar el papel de una gran parte de la judicatura en esa degradación de la convivencia, nostálgicos de los tiempos del Tribunal de Orden Público y devotos seguidores de la frase atribuida a Salvador Dalí: ”Me encantan los accidentes de tren siempre que no le pase nada a los de primera clase". Jueces que desde la inmunidad gremial sólo buscan dañar a los rivales políticos de los conservadores y que identifican el concepto de justicia con los posibles beneficios de quienes comparten su ideología, en agradecimiento a quien hace tiempo posibilitó su acceso a la magistratura, un personaje que mandaba huevos con con la misma facilidad que confundía El Salvador con Honduras y cuyo nombre ya está indisolublemente unido al de Yak-42.






