El tiempo pasaba, pero la página seguía en blanco. “A ver si escribes algo”, le espetó la maestra. Había dado a la clase tres opciones entre las que elegir, y añadido incluso una cuarta: redacción libre. Aun así, aquel chiquillo no avanzaba. “Era un poco desgraciado”, reconoce Sergio Ruzzier, que tenía entonces nueve años. Ese día, para más inri, dice que se encontraba “especialmente lento”. Hasta que tuvo una ocurrencia: “¿Puedo hacer un cómic?”. En un colegio de mediados de los setenta ―y probablemente hoy―, la negativa estaba cantada. Salvo para la señora Santarelli: “Si lo haces seriamente”.
El ilustrador y autor de literatura infantil, hoy editado y aplaudido en medio mundo, todavía lo considera “un momento crucial” de su existencia. Tanto que aún adora a su antigua enseñante y recuerda qué curso frecuentaba cuando sucedió, el día de la semana ―era jueves― y la historia que elaboró: un mal de dientes obligaba a Drácula a ir a la ciudad en busca de un dentista un domingo, cuando todo estaba cerrado. “Era la primera vez que el mundo adulto apoyaba mi interés”, celebra. “Me parece que tampoco cambié mucho desde entonces”.
Lo cierto es que sigue dibujando y teniendo ideas raras. Incluso demasiado, para algunos editores. El público que más cuenta, sin embargo, le respalda: Fox & Chick (Liana) supone una de las series infantiles más celebradas por niños y crítica; Dos ratones (A buen paso), Qué libro más tonto o la próxima publicación en castellano de La historia verdadera y No, dijo Custard la ardilla (todos en Liana) agrandan un cuadro con pinceladas de humor, rebeldía, ternura, amistad y libertad creativa. Único, tal vez. Peculiar, sin duda. Como que un hombre de metrópolis (nació en Milán, vivió muchos años en Nueva York) se haya mudado a una aldea montañera con más población felina que humana: cuatro habitantes fijos y ocho gatos. O como el hecho de que la primera frase de la biografía de Ruzzier para la editorial italiana Topipittori destaque que en la infancia jugaba a “quién muere mejor”.






