Título en mano, el décimo de su carrera ya, Alex de Miñaur habla de la “mentalidad” como clave para haber resistido antes a un escenario así, tan adverso y prácticamente terminal en el epílogo de Washington: tres bolas de partido en contra y Alejandro Davidovich, por fin, acariciándolo, tan cerquita, a solo un tris de lograr su primer trofeo en la élite y de acabar así con el maleficio que a sus 26 años continúa castigándole, porque su proyección y sus condiciones no terminan de encontrar correspondencia. No al menos el premio. De nuevo, al malagueño se le escapa: 5-7, 6-1 y 7-6(3) favorable al australiano, después de 3h 05m. Son cuatro finales y otras tantas derrotas. Bajo la toalla, tocado que no hundido, el español continúa dándole vueltas. ¿Otra vez?

Piensa Davidovich en el qué hubiera sido de no haber entrado esa bola bombeada del rival en plena agonía, cuando De Miñaur ha tirado de todo lo que porta en el maletín de supervivencia para llegar a tiempo, emerger de las profundidades y dirigir la pelota, forzado a más no poder, para salvar por tercera vez el abismo. El bote se intuye fuera, definitorio, pero un dedo besa la línea y el resto se traduce en incredulidad y cuesta abajo para el andaluz, que maldice. Ha dispuesto primero de un 4-1 y 0-30; de un 5-2 y 0-30 después; y de esas tres opciones en última instancia. Sin embargo, todo se tuerce y el bucle se reproduce. Tan cerca, tan lejos. Una circunstancia convertida casi en costumbre para un tenista al que no le acompaña la fortuna.