Palestina es una dolorosa herida abierta para la humanidad. La primera misión de paz de Naciones Unidas, en 1948, fue en Palestina. Han pasado 77 años y hoy nos encontramos sumidos en la crisis más larga y sangrienta de este conflicto. Más de 58.000 palestinos muertos, viviendas, escuelas y hospitales reducidos a cenizas, millones de gazatíes forzados a desplazarse constantemente, una población que muere de hambre atacada en las colas de alimentos mientras los camiones con la ayuda internacional son bloqueados y hay 1.200 víctimas israelíes y 250 secuestrados por el terrorismo de Hamás.

Este lunes nos reunimos representantes de todo el mundo en la Conferencia Internacional de Alto Nivel para el Arreglo Pacífico de la Cuestión de Palestina y la Implementación de la Solución de dos Estados de Naciones Unidas. Allí defenderé que es imposible mirar para otro lado; es imposible ocultarse tras un silencio que siempre va contra las víctimas. Defenderé que hay un camino para poner fin a esta violencia que pasa necesariamente por la solución de dos Estados, Israel y Palestina, viviendo en paz y seguridad, con Gaza y Cisjordania bajo una única autoridad palestina, conectadas por un corredor con continuidad territorial, con salida al mar en Gaza y con su capital en Jerusalén Este. Que el dolor no distingue entre creencias, ideologías ni fronteras y por eso no se trata de defender bandos, sino de defender vidas.