Nada ni nadie había conseguido poner límites a la voracidad de Trump, cuyo prestigio entre los suyos permanecía incólume. Hasta que hizo su aparición la respuesta de la Casa Blanca al caso Epstein, que está teniendo el efecto de la criptonita frente a la invulnerabilidad del personaje. Los detalles son de sobra conocidos. Basta recordar aquí cómo el presidente fue el primero en excitar a sus bases con fantasías conspiratorias sobre las tramas ocultas del deep-state o redes pedófilas integradas supuestamente por destacados miembros de las tan denigradas élites. El caso del suicidado Epstein contenía todos los ingredientes para convertirse en el receptor ideal de todas las sospechas; fue juzgado y condenado, su culpabilidad fue más que demostrada, pero faltaba desvelar lo más jugoso, los nombres de quienes se beneficiaban de sus correrías y sus conexiones con la élite del poder, aquello que el propio Trump prometió sacar a la luz. Ahora cunde la frustración entre una parte considerable de sus huestes después de que la Casa Blanca anunciara que los Epstein files son un bulo.
Hay suficiente evidencia gráfica y testimonial de una íntima relación entre ambos personajes, que se mantuvo durante 15 años; es lógico, pues, que la Casa Blanca quisiera darle el carpetazo. Pero después de la ira del movimiento MAGA, los colaboradores de Trump no tienen más remedio que volver sobre el asunto para apaciguar los ánimos. Está por ver si lo consiguen, porque ya empieza a hablarse de un posible indulto a Ghislaine Maxwell, la socia e íntima amiga del abominable personaje, a cambio de no se sabe bien qué tipo de informaciones en las que es de esperar que el presidente quede a salvo.







