Todavía hay quien afirma que Black Sabbath y el heavy metal son la misma cosa. La banda, ya saben, procede de Birmingham, la gran ciudad industrial de la Gran Bretaña imperial, retratada por Charles Dickens como una pesadilla urbana. Pero eso ocurría en el siglo XIX y ellos se formaron hacia 1969, cuando Birmingham ya había iniciado su decadencia como centro manufacturero, un declive que fue rematado por Margaret Thatcher.

El mundo productivo de Birmingham tiene mucho que ver con la génesis de Black Sabbath. Forma parte de su leyenda aquel accidente laboral de 1965, cuando Tommy Iommi perdió la punta de dos dedos de su mano derecha en una fundición de Birmingham; sus compañeros llevaron al hospital los apéndices cortados pero nada se pudo hacer. Le fue más útil el encargado de la fábrica, que le regaló un LP de Django Reinhardt, otro guitarrista mutilado. Voluntarioso, Iommi experimentó con prótesis caseras, variedades de cordaje y afinaciones atípicas hasta que surgió el sonido de brontosaurio de Black Sabbath.

El nombre, ya saben, fue pura chiripa. Todavía se llamaban Earth, denominación también reclamada por otra banda, cuando vieron que en un cine local se exhibía una película de terror, Black Sabbath (en realidad, una añeja cinta italiana titulada originalmente I tre volti della paura, de Mario Bava, con Boris Karloff). En ese momento tuvieron una intuición genial: si la gente pagaba por sentir miedo en el cine, ¿no ocurriría lo mismo en la música pop? Aprovecharon que sus padres, varios de ellos católicos, desconocían las connotaciones del término.