En el conocimiento popular está muy establecido que el hombre es el único animal capaz de utilizar el fuego. Es cierto que hay bastante consenso en que el Homo erectus fue el primer antepasado del ser humano que empezó a utilizarlo, pero era fuego que se producía de forma accidental y su talento era mantenerlo encendido más que saber encenderlo. No fue hasta el Homo heidelbergensis, milenios después, que el hombre aprendió cómo iniciar un fuego a voluntad. Sin embargo, existen muchos organismos que han utilizado el fuego para conseguir algún tipo de provecho.
El fuego se produce de forma natural, principalmente por la acción de rayos. Dado que es una circunstancia que va a suceder, esto crea una presión de selección que hace que algunas especies se adapten a estos incendios para que, cuando sucedan, tengan alguna ventaja sobre sus especies competidoras. Esta es la base de la llamada vegetación pirófila. Cuando sucede un fuego, mata a las plantas menos resistentes y, además, las cenizas que quedan después del incendio representan un gran abono. El clareo de vegetación que produce el incendio asegura el acceso fácil a la luz solar durante unos cuantos años a las plantas que primero rebroten. Esta adaptación puede ser muy diferente según la planta. Algunas simplemente han desarrollado cortezas muy robustas o con alguna característica especial, como el alcornoque, que tiene corcho que le permite resistir el fuego y no quemarse, o que el fuego solo dañe su parte aérea pero que el tronco resista por lo que luego podrá regenerarse.







