Mis amigos César y María se conocieron en un bar, una noche al azar. Siguen juntos muchos años después, y si lo cuento es porque su caso es hoy exótico, ejemplo de uno de esos cambios sociales que pasan tan veloces que solo los miramos de reojo. Las parejas ya no se forman por pura casualidad geográfica, o gracias a la intermediación de amigos, familia o compañeros de trabajo, sino por internet, y eso es nuevo en la historia. Para 2019, la mayor parte de las parejas heterosexuales estadounidenses se habían encontrado así, y la pandemia aceleró la tendencia en todo el mundo. La red no solo eliminó intermediarios en el comercio o el consumo de noticias, también en el amor. Por fin íbamos a poder elegir por nosotros mismos con quién ser infelices, aunque esa persona estuviera escondida tras una piedra en la Patagonia. Explicó la sensación muy bien Inés, una usuaria de X, cuando escribió hace unos días una frase que ha resonado en la red: “Lo siento, pero no me creo que el amor de tu vida esté justo en tu pueblo”. Alguien respondió con una cita de Los enamoramientos de Javier Marías: “No podemos pretender ser los primeros, o los preferidos, solo somos lo que está disponible, los restos, las sobras, los supervivientes (...) y son muchos los que creen ver la mano del destino en lo que no es más que una rifa de pueblo cuando ya agoniza el verano”.
¿Y si el amor de tu vida está justo en tu pueblo?
Internet promete encontrar un mar de personas compatibles en cualquier lugar del mundo, pero Romeo y Julieta eran vecinos






