Una abuela de Luz Serra tuvo como profesor de francés a Antonio Machado y una tía abuela anduvo en La Barraca de Miguel Hernández haciendo teatro. Deducir que ya entonces sus antepasadas estaban escribiendo el destino para que ella acabara regentando una librería parece aventurado. Algo de eso hay, seguramente, por la semilla de interés por la cultura y conciencia social que sembraron en la familia. Pero Tráfico de Libros es una librería tan especial que los caminos por los que Serra ha llegado hasta aquí no se explican tan fácilmente.

Tiene mucho que ver, también, su afición a la lectura —“considero que es un salvavidas en muchos casos, y si lo es para mí, lo es para mucha gente”, dice—, tanta que acumuló y acumuló libros hasta que se vio en la necesidad de buscar un espacio en el que guardarlos. Pero además, y sobre todo, ha sido determinante un sentimiento muy personal sobre la “necesidad” de contar con las personas mayores, con los ancianos, que ella dice tener desde que era una niña. “Siempre he dicho que una de las miserias de nuestra especie es que no podamos convivir más de tres generaciones juntas, porque nos perdemos mucho, mucha sabiduría, en cualquier formato, no solo como algo que solo sabe un sabio, sino también en términos de alegría, de humor, de cómo tomarse ciertos problemas…”.