Con las manos sucias de polvo y cemento, Nazmi Abu Lehia termina de sellar la tumba de su padre, Mohammad, en un cementerio improvisado de Al Mawasi, en el sur de la franja de Gaza. El joven de 15 años tomó la decisión de retrasar el entierro un día, con la esperanza de llevar el cuerpo a la parcela familiar. “Quería que descansara junto a mi abuelo y mis tíos”, dice el joven. “Solíamos visitarlos, leíamos el Corán y llevábamos flores. Eso nos daba algo de paz”, agrega.
Pero hoy, el área se encuentra dentro de lo que el ejército israelí designa como “zona roja” o de combate, es decir, demasiado peligrosa para entrar y de la que ha ordenado que los civiles salgan. “Ahora, incluso nuestros muertos están desplazados”, lamenta Abu Lehia.
Su padre, Mohammad, de 42 años, fue tiroteado por el ejército israelí cerca de un punto de distribución de ayuda humanitaria en Rafah, en el sur de la Franja. Cuando recibió la noticia, lo mejor que pudo hacer este chico es encontrar un lugar para él en uno de los nuevos cementerios públicos de Gaza, creados recientemente para dar un lugar medianamente digno a los miles de muertos de esta guerra.
Según cifras del Ministerio de Salud de Gaza, controlado por el movimiento islamista Hamás, Israel ha matado a al menos 57.000 palestinos en la Franja desde el 7 de octubre de 2023 y los heridos superan los 134.000.






