Se rumoreó durante un tiempo que Pedro Sánchez quería ser secretario general de la OTAN, y se le ha cerrado la puerta de golpe. No será porque nos hayamos vuelto de repente la ‘excepción ibérica’ de la defensa; eso habrá que verlo en 2029. Al contrario: el órdago del Gobierno revela más ansiedad ante sus casos de corrupción presunta y debilidad política interna, que un aguerrido alarde de soberanía frente a un desafiante Donald Trump o el mundo.
Es obvio que calmar a unos socios de izquierdas profundamente antimilitaristas pasaba por oponerse a más gasto defensivo. El discurso de “o mantequilla o cañones” ayudaba a aplacar a Podemos, que ya da al Gobierno por “muerto” en su lucha fratricida contra Sumar y su necesidad de reinventar otro 15-M. Echarse a la cara un enemigo exterior, como en este caso el todopoderoso Estados Unidos, puede empujar hasta al español menos patriota a un cierre de filas en torno a la bandera. En definitiva, el Gobierno ha pasado de decirle a sus adeptos eso de “elegid entre corrupción presunta o ultraderecha”, a dar a entender que ciertos escándalos son sistémicos en España —el Ejecutivo parece estar deseando que se retomen los juicios de la Kitchen este otoño para hacer el “y tú más” con el PP—pero al menos ellos “sin hacer recortes como la derecha”.










