Mucho más desconcertante que la reacción del Gobierno, que la tibieza de los sectores feministas del PSOE contra esos puteros que se sentaban a su lado en bancadas y órganos del partido, o que la galopada hacia las lomas previsibles del y tú más, es la reacción de los socios de investidura. Muy en especial, de Sumar. La cosa puede ser dura de tragar en términos políticos, pero el dilema es radicalmente simple. Ante el escándalo de corrupción, Sumar solo puede hacer dos cosas: o cree sin fisuras a Pedro Sánchez y le apoya con firmeza de titanio y aguanta a su lado pase lo que pase, porque la coalición es más grande que cualquier otra cosa, o se declara traicionado en una cuestión innegociable y rompe el pacto. Como Paul Newman y Robert Redford en el barranco: o se tiran al río o plantan cara a los cazarrecompensas.
Sumar decidió no decidirse, la peor estrategia, la que no se rodó en Dos hombres y un destino porque no tiene lógica narrativa. Sí la tiene humana. La cobardía, la pusilanimidad y el instinto de autopreservación pueden llevar a que las personas se hagan un ovillito y confíen en que todo se olvide, en despertar y descubrir que era una pesadilla o que Trump ha bombardeado otra región iraní y ya no importan sus dilemas acorralados. Pero eso rara vez sucede, y cuando pasa, como ya se ha visto, nunca distrae del todo la atención del público.






