En un mundo con grandes desafíos sociales y medioambientales, la inversión de impacto social se presenta como una poderosa alternativa para hacer del sistema financiero un motor de cambio positivo. Esta modalidad de inversión, que combina la rentabilidad económica con la intención de generar un impacto social o ambiental medible, ha ganado protagonismo en los últimos años.

Sin embargo, su potencial aún está lejos de ser plenamente aprovechado, como apunta un reciente informe elaborado por la Cátedra de Impacto Social de la Universidad Pontificia Comillas, elaborado en el marco de la 4ª Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo (4FfD).

La inversión de impacto no es una idea nueva, pero ha cobrado fuerza en la última década como respuesta a la creciente necesidad de financiar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). A diferencia de otras formas de inversión sostenible, que pueden limitarse a excluir sectores controvertidos o aplicar criterios ESG (ambientales, sociales y de gobierno corporativo por sus siglas en inglés), la inversión de impacto se define por su intencionalidad: busca activamente generar un cambio positivo y medible en la sociedad o el medio ambiente.