La democracia atraviesa una crisis global. Como bien alertó Moisés Naím, tres caballos de Troya la amenazan: la posverdad, que se deriva de las redes sociales que han banalizado la conversación pública y de la tecnología que puede manipular, confundir y engañar, convirtiendo en verosímil la mentira; el populismo, que recoge múltiples descontentos ofreciendo falsas soluciones a las múltiples quejas de los ciudadanos; y la polarización, surgida de los dos fenómenos anteriores—aunque no solo— y que destruye los consensos y la centralidad, y convierte la política en un campo de trincheras enfrentadas.
A estos desafíos se suman otros de orden global: conflictos armados, tensiones geopolíticas crecientes y la pérdida de peso de las organizaciones internacionales, además de la creciente importancia geopolítica de nuevos actores económicos, tecnológicos y comerciales, cuyos intereses particulares suelen imponerse sobre las políticas públicas orientadas al bienestar común. Todo ello ha generado una peligrosa desconexión entre las instituciones democráticas y las expectativas ciudadanas.
En Iberoamérica, estos retos se sienten con mayor intensidad. Las democracias de la región son, si cabe, más vulnerables por problemas estructurales como la corrupción, la inseguridad, las desigualdades persistentes, la economía sumergida y la debilidad institucional, entre otras. Es en nuestra región donde el discurso y la pedagogía democrática tienen mayores necesidades porque nos atraviesan paradojas preocupantes: la mayoría social en América Latina quiere vivir en democracia, pero la confianza en sus instituciones se debilita día a día.






