Se masca la tensión en la sala de estudios. Estamos en plena temporada de exámenes y casi todos los asientos están tomados. Los ocupan adolescentes y veinteañeros tatuados que se muerden las uñas delante de sus apuntes. En esta habitación en un barrio del noreste de Madrid hay mucho en juego: las aspiraciones profesionales de decenas de jóvenes y de una mujer más veterana, María Rosa López, de 46 años, que ha barrido muchos suelos y fregado muchos platos para ganarse un pan desde que llegó a España en 2005. En silencio, abre su portátil, saca un cuaderno y repasa. Faltan 24 horas para la prueba con la que espera dejar esa dura vida atrás.

El día siguiente, jueves 18 de junio a las 12.00, María Rosa debe exponer su trabajo final para obtener el título de técnico superior en administración y finanzas, un ciclo superior de Formación Profesional. Ella y dos compañeros, Erik Hernanz de 22 años, y Andrea Torres, de 20, deben hablar durante 20 minutos ante un tribunal de cuatro profesores y enfrentarse a sus preguntas. María Rosa ha venido sola a esta sala municipal cerca de su piso en el distrito de Hortaleza porque aquí hay aire acondicionado y se concentra mejor. Por WhatsApp revisa los detalles con sus compañeros. Al rato, sale a descansar y se sienta en unos escalones: “Me lo sé todo de memoria, pero estoy nerviosa porque me da miedo bloquearme”.