El trauma no es la memoria de un acontecimiento terrible que no hemos superado. Ese es un concepto erróneo, como pensar que estar deprimido es lo mismo que estar triste, o que los celos son un exceso y no un defecto de amor. El trauma es la memoria de un acontecimiento incomprensible que no ha sido procesado adecuadamente porque, en el momento en el que ocurre, no lo hemos entendido bien. Es un recuerdo mal etiquetado, un archivo almacenado incorrectamente que, cuando ejecutamos cualquier programa que lo utilice, produce un error. Sigmund Freud lo llamaba “compulsión de repetición”, pero es también un agujero de gusano que conecta dos puntos del espacio-tiempo, porque respondemos a situaciones actuales reviviendo el trauma original. Es básicamente un error en el código o, como se dice en la industria, un bug.

Por qué almacenamos mal un recuerdo. La mayor parte de las veces es porque vivimos una experiencia abrumadora cuando somos demasiado pequeños para darle sentido, y el adulto que tendría que ayudarnos a hacerlo no cumple su función. Porque es inmaduro, o irresponsable, o piensa que los niños no se enteran de las cosas y nos deja a solas procesando cosas —una muerte, una depresión, un divorcio— que superan nuestro limitado vocabulario infantil. Otras veces es porque el acontecimiento incomprensible es una injusticia, una violencia verbal, emocional o física, y el adulto responsable es el perpetrador. Entonces el niño recibe una interpretación falsa o distorsionada, diseñada para proteger al adulto y responsabilizar a la víctima. El mundo deja de tener sentido. Aquí empieza el error.