Del concepto “socialismo” penden, desde hace 200 años, muchas y diversas teorías con sus correspondientes praxis, en general vinculadas al marxismo. Simplificando mucho, todas han tratado de una u otra forma de acabar con el capitalismo, socializando los medios de producción para redistribuir la riqueza de manera igualitaria. Sin embargo, las que han llegado al poder han tenido desenlaces similares: supresión de la libertad, corrupción, pobreza y represión, a veces monstruosa.

En esta historia del socialismo, hay una excepción: la socialdemocracia europea surgida después de la II Guerra Mundial. En 1959, en el programa de Bad Godesberg, el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) culminó su proceso de abandono del marxismo y se declaró a favor de la economía social de mercado. ​El documento, que tuvo una gran influencia en el resto de los partidos europeos, identificaba totalmente socialdemocracia con democracia, hasta el punto de admitir que sin la segunda es inviable la primera.

El SPD no renunciaba en modo alguno a una redistribución más justa de la riqueza como aspiración básica, pero sí dejaba de lado la socialización de los medios de producción. Por ese camino, se constituyó en la única modalidad socialista de éxito de la historia en términos de libertad y prosperidad, junto con los laboralistas británicos. Fue además, en compañía de liberales y democratacristianos, promotora del proyecto de la Unión Europea, cuyos principios básicos —democracia liberal, Estado de bienestar y economía social de mercado— asumió como propios.