En Peterbos, el mayor conjunto de viviendas sociales de la región de Bruselas, reina ahora la tranquilidad: los parques infantiles están llenos, decenas de adolescentes juegan a fútbol y baloncesto y un grupo de ancianos observa con atención una partida de ajedrez. El barrio, de algo más de 1.300 viviendas, divididas en 18 bloques, y unos 4.000 habitantes, es desde hace años una de las zonas más conflictivas de la capital belga. El miércoles de la semana pasada, casi 900 policías, llegados de distintos puntos del país, irrumpieron a mediodía en Peterbos en la mayor operación antidroga de la historia de Bélgica. El objetivo no era detener a personas concretas, sino registrar y sellar 270 viviendas vacías que los narcos supuestamente utilizaban para almacenar, cortar y empaquetar la droga.
Khadija, una mujer en la cincuentena que vive en el bloque de apartamentos número 17 y prefiere no dar su apellido, cree que la operación policial ha supuesto un golpe definitivo para las bandas que operaban en Peterbos. “Hace años que se nos estigmatiza a todos los que vivimos aquí, ahora ha quedado demostrado que eran solo unos pocos los que sembraban el terror en este barrio”, resume.
Mientras la violencia desborda la capital de Europa —en 2024 se marcó la cifra récord de 89 tiroteos, y este año todo apunta a que será peor— el número de crímenes desciende anualmente en las regiones de Valonia y Flandes. En esta última se encuentra el puerto de Amberes, junto al de Róterdam (Países Bajos), la principal puerta de entrada de la cocaína en Europa.






