Algunas historias, capaces de sintetizar las dinámicas sociales, políticas y culturales de cada momento, permiten explicar el mundo de forma cíclica. El caso Dreyfus, juicio, condena y rehabilitación de un militar judío acusado injustamente de alta traición, vuelve recurrentemente a la escena pública francesa, dividida desde entonces entre los dreyfusianos y sus adversarios. Más de 125 años después del comienzo de aquella infamia, guiada por una trepidante exposición que recuerda su figura en el Museo de Arte e Historia del Judaísmo de París, Francia se propone cerrar la herida elevando al rango de general a Dreyfus y enterrando sus restos en el Panteón, donde descansan los héroes de la nación. El mundo actual, sin embargo, seguirá explicándose a través de los elementos que causaron la dolorosa fractura.
La tormenta explotó en 1898, cuando el capitán Dreyfus, alsaciano y judío, con un leve acento alemán que terminó de complicarle la vida, fue acusado de alta traición por, supuestamente, espiar para Alemania. Todavía frágil, la Tercera República vivía el auge de un antisemitismo muy de moda después de la publicación en 1886 de La Francia judía, un bestseller de Édouard Drummond. Periódicos como La libre parole o Le petit parisien, comenzaron a publicar artículos alentando al odio hebreo, creando un caldo de cultivo en el que Dreyfus y su caso se envenenaron cada vez más: sin pruebas concluyentes, con un juicio a puerta cerrada y falsos testigos. El 22 de diciembre de 1894, Dreyfus fue declarado culpable, desposeído de sus honores como militar en una humillante ceremonia en el patio de la Escuela Militar y enviado a la isla del Diablo, en la Guyana francesa, en condiciones deplorables: grilletes, una celda pequeña con un clima tropical y un régimen de aislamiento total que no logró romperle.






