Al principio, un susurro. El escenario está vacío cuando suenan las primeras notas. Un sonido más distante que grave, como si estuviera llegando de un lugar muy lejano, casi místico. El público, con sus gritos, ahoga el susurro pregrabado: una declaración de amor que parece escrita desde el más allá. Los focos se encienden aunque todavía no es de noche. El susurro se apaga y, de pronto, una voz que recuerda al terciopelo líquido precede a la mujer que hizo que durante dos noches sonasen las castañuelas en el festival de música de Coachella, en California. Las mismas castañuelas en las que la inició su abuela andaluza cuando la mujer del escenario aún no se llamaba Judeline sino Lara Fernández Castrelo (Los Caños de Meca, Cádiz, 22 años).

Con el pelo larguísimo al viento en esta tarde de verano prematuro y una presencia calmada que contrasta con las letras de sus canciones, Judeline se mueve por el escenario despacio, balancea de vez en cuando las caderas imbuidas en una falda de amazona indómita provocando que los gritos suban de volumen, hace una coreografía lenta muy distinta al desborde energético del bailarín Héctor Fuertes que gira a su alrededor como una peonza poseída. En el pequeño silencio entre varias canciones, el público comienza a corear: “¡Guapa, guapa, guapa! ¡Reina, reina, reina!”, igual que se le corea a la Virgen de los Gitanos de Sevilla. Ella da las gracias y sonríe (será la única vez que lo haga durante todo el concierto). “Este es mi primer festival en España de la temporada”, explica a finales de mayo desde el escenario madrileño del Tomavistas y confiesa: “Ya había ganas de volver. Llevo muchos meses dando vueltas por gringolandia y necesitaba un poco de, no sé, meseta aunque sea”. El público estalla en carcajadas, encantado, embrujado por la presencia de Judeline, borracho de la música de Judeline, con el cerebro colmado de las letras de Judeline. Pero todo esto podría no estar sucediendo ahora mismo porque cuando Judeline era solo Lara, una adolescente que sentía que no encajaba en ningún sitio, una depresión le quitó las ganas de seguir viviendo.