¿Cómo se retrata un país? Podríamos leer datos, informes oficiales, libros recientes, y todo ello lo haremos, pero aquí y ahora, en la Albania en eclosión de 2025, un simple paseo por la calle nos pinta rápidamente un cuadro vibrante y cosmopolita de un país que vivió demasiado tiempo aislado y que hoy aspira a recuperar a toda prisa el tiempo perdido.
Los patinetes ruedan a velocidad de vértigo en Tirana entre obras de rascacielos de grandes arquitectos, grúas, pitidos y una banda sonora pop que nos acompaña a todas partes: montarse en taxi es como ir a Eurovisión. Andamios, empresas cementeras y de maquinaria conviven con tiendas de móviles o de datos, como los camiones comparten el asfalto con carros tirados por burros y muchos mercedes, todo ello entre terrazas y bloques nuevos que van apoderándose de los escenarios de pobreza. Lo nuevo pugna contra lo viejo, que persiste entre edificios de cables colgantes por las fachadas descascarilladas y pensiones de miseria. Albania es arbolada, montañosa, luminosa, bulliciosa y hoy, 35 años después de la caída del último régimen estalinista de Europa, un país ávido de negocios, de dinero, un trasiego de albaneses que se han ido y de extranjeros que lo llenan en busca de playas paradisiacas y un modo de vida mediterráneo con aroma a antiguo régimen. Romanos, griegos, otomanos, fascistas, nazis o comunistas dejaron huella en esta costa en el pasado, como hoy la dejan inversores como Jared Kushner, yerno de Donald Trump, que proyecta un millonario resort en la zona. O Giorgia Meloni, que exporta hasta aquí a sus inmigrantes. Vamos por partes.






