“Llegamos aquí y nadie creía en nosotros”, dijo Artur Guimarães, el escurridizo atacante del Botafogo, después de imponerse por 1-0 al Paris Saint-Germain el jueves con un gol que se gestó en su lucha, pues le robó una pelota a Kvaratskhelia en un duelo de presión contra presión que implicó al mediocampo de los dos equipos. “Ganarle al campeón de la Champions es histórico para el Botafogo y para el fútbol sudamericano”, avisó, tras el partido en Pasadena. “Estamos contentos, pero con los pies en la tierra, ¿eh?”.

Luis Enrique confesó después del partido que nadie en Europa los había defendido con más eficacia, tanto en bloque medio como bajo. El campeón de la Copa Libertadores de América no superó el listón por casualidad sino por calidad. Junto con el Olympique de Lyón y el Crystal Palace, el Botafogo forma parte del conglomerado Eagle Football, una empresa de 292 millones de euros de capital de mercado —cinco años de salario bruto de Mbappé— que funciona como una red integrada. Los clubes se gestionan bajo una dirección deportiva común a cargo del alemán Michael Gerlinger. La detección del talento por debajo del valor de mercado ha producido una plantilla con un perfil muy particular. Predominan expertos con alma de volantes, en la mayoría de los casos, captados en el ocaso de sus carreras en los márgenes de la industria. Son supervivientes.