El debate apasionado que se ha vivido en el Parlamento británico durante las últimas horas solo es comparable en intensidad a las discusiones que provocó el Brexit, pero con el respeto mutuo entre ambas bancadas que se deriva de un asunto tan delicado y trascendental como la eutanasia. La Cámara de los Comunes ha dado este viernes su aprobación definitiva, con una mayoría limitada de apenas 23 votos (en un Parlamento con 650 miembros), a la Ley (de Finalización de la Vida) de Adultos Enfermos Terminales. Ese es el nombre exacto de un texto legal conocido ya como la Ley de Muerte Asistida, que ha dividido en el último año a médicos, expertos, pacientes y familiares de pacientes, asociaciones de discapacitados y políticos.
Tal es la importancia del asunto que los principales partidos han tenido claro desde el principio que debían liberar a sus filas de la disciplina de voto y otorgarles libertad de conciencia. En un sistema parlamentario como el británico, en el que cada diputado tiene una conexión directa y habitual con los votantes de su circunscripción, el debate sobre la ley se ha llenado de historias personales, agónicas y crueles en sus detalles, de enfermos y familiares que han luchado hasta el último minuto por morir con dignidad. Pero también de ciudadanos temerosos de ver su vida, su discapacidad o sus vulnerabilidades, según sus propios temores, debilitadas.










