Si Pamela Anderson trascendió al bañador rojo de Los vigilantes de playa, a las 13 portadas de Playboy o al famoso vídeo de sexo casero con su entonces marido, Tommy Lee Jones, es porque siempre hubo algo en ella a flor de piel. Atrapar ese temblor es el gran acierto de la película de Gia Coppola The Last Showgirl, que se estrena este viernes con una Anderson deslumbrante en la piel de una vedette en el ocaso de su carrera.

No era fácil reinventarse después de haber sido la bomba sexual de los noventa, pero Anderson lo ha logrado dentro y fuera de la pantalla. The Last Showgirl narra la historia de Shelly Gardner, una bailarina erótica de cincuenta y muchos (la actriz tiene 57 años) que afronta el final de su vida sobre el escenario. El cuerpo femenino enfrentado a su decrepitud es central en una película que observa con admiración la fragilidad de sus criaturas. Fuera de la pantalla, Anderson también ha dado en el clavo de los tiempos con una nueva y bien pensada máscara. Ha enterrado aquellos exagerados maquillajes que la hicieron famosa para mostrar su rostro desnudo. Ahí siguen las cejas depiladas como un hilo, pero sin pestañas postizas, eyeliner o sombras ahumadas. Ahora ya nadie habla de su pecho, sino de su piel.