Sacudido por un enfrentamiento con su padre religioso sobre el tema de su homosexualidad, mi paciente, en la sesión del día siguiente, me dice: “Ayer papá me llamó monstruo. ‘Eres un monstruo’, dijo. Vi la ira en sus ojos. Me pregunto, ¿qué es un monstruo?”. Esa noche, sus propios monstruos redoblaron el ataque en una pesadilla. La respuesta a su pregunta, improbable y compleja, ilustra la forma en la que lo monstruoso cuestiona nuestra visión del mundo, resalta su naturaleza fragmentaria y nos enfrenta a reconocer los fallos de nuestros sistemas de categorización. Lo monstruoso, según el padre, producto del rechazo y la homofobia, lleva a preguntarse quién es el monstruo: ¿el hijo repudiado o el padre que lo rechaza porque no se ajusta a su esquema? En el corazón de lo natural, el monstruo nos acosa en nuestra propia singularidad; plantea preguntas sobre nuestra identidad. Es la encarnación de la diferencia cuando llega a habitar entre nosotros.
El supuesto monstruo en el imaginario colectivo se presenta de diversas formas. Una de ellas, en todos aquellos a los que otros llaman monstruos por no cumplir con su categoría mental de lo correcto. Como contraparte, el monstruo irrumpe como imagen especular invertida de estas formas, en una versión deshumanizada, demonizada de grupos históricamente marginados, constituida por quienes no se identifican con ellos y se consideran los “normales”, los únicos humanos o ciudadanos legítimos.






