No me da la gana aceptar que en un restaurante de 60 euros el cubierto me vistan la mesa con servilleta de papel.

Hay contextos de restauración profesional en los que una servilleta de papel es perfectamente adecuada. En un bar o un restaurante de menú para currantes, donde se juntan un gran volumen de trabajo, un servicio fugaz, libertad de tocar la comida con las manos y unos márgenes ajustadísimos, por ejemplo. También funciona en fiestas infantiles, comedores escolares y mesas donde el comensal se rige por el protocolo medieval de sorberse los mocos, levantarse a voluntad y limpiarse con la manga. Es perfecta para los banquetes que se celebran de pie, y en los que uno no puede condenar la mitad de las manos que Dios le ha dado a pasear la servilleta de un lado a otro del jardín o del salón. Entonces se agradece encontrar un montoncito de servilletas de un solo uso bien colocadas aquí y allá, donde sea que haya comida o bebida, y que tanto pueden servir para limpiar manos y comisuras, como de plato provisional para pasear brochetas o buñuelos. Finalmente, es en los bares de cócteles dónde la servilleta de papel se expresa en todo su esplendor. En ellos, funciona como posavasos, protegiendo la buena madera de la barra de los cercos de humedad, salva al amante de tragos elegantes de la vergüenza de socializar con las manos húmedas por la condensación del cristal, protege la copa de los restos de pintalabios y sirve de soporte de emergencia en el que esbozar desde un número de teléfono hasta una idea brillante para el guion del próximo gran éxito de Hollywood.