La actitud de los humanos con el oro es, por decir de forma delicada, poco menos que extraña. De los 118 elementos confirmados de la tabla periódica, el oro es en el que se centra la actividad económica y probablemente el que más sangre, sudor y lágrimas haya derramado. Es cierto que tiene cierto sentido que se haya utilizado como moneda a lo largo de la historia. Si descartamos de la tabla periódica, por motivos prácticos, los elementos que a temperatura ambiente son gases, líquidos o venenosos; los demasiado reactivos con el agua, o, los que explotan, son corrosivos o radiactivos, nos quedamos con pocos que sirvan y solo con uno que es dorado.

También la alquimia, esa creencia esotérica vinculada a la transmutación de la materia que fue clave en el origen de la química, gira en torno al dorado metal noble. Y a juzgar por la cantidad de manuscritos que se encontraron de su trabajo hace años, no sorprende que incluso Isaac Newton, a quien tanto debemos en el conocimiento de las leyes gravitacionales y del comportamiento de la luz, le dedicara gran parte de su tiempo y espacio mental.

Los astrofísicos hemos encontrado, hace tiempo (y no nos damos importancia), la piedra filosofal para transformar en oro: se llaman estrellas masivas. Es algo que nunca hemos visto directamente, porque las estrellas en su interior son opacas, pero es un proceso que sabemos cómo ocurre. Eso es precisamente lo que voy a pasar a describir.