En Coventry se fabricaban Jaguars, Minis y los taxis negros de Londres, y allí hace 25 años nació Jake Stewart, quien se hizo ciclista, pese tanto peso del motor en su pueblo y a compartir casi nombre y apellido con Jackie, el piloto escocés loco de la F1. Sobre la bici, Jake es tan rápido como su no pariente del Tyrrell y esprinta extático en las rectas de Mâcon, junto al Saona, y cuando arranca ni el monstruoso Jonathan Milan, cerrado junto a las vallas, ni ningún otro, puede alcanzarle. Gana la etapa y aún le da tiempo a secarse el sudor, saludar a sus compañeros y volver a secarse el sudor antes de que atravesara la meta el líder de amarillo, Remco Evenepoel, que cruza la meta chupándose el índice derecho, que le sabe a sangre. Se ha caído en una rotonda unos centenares de metros antes y ese dedo parece que es el único mal que se ha hecho, poca cosa, un rasguñito, para un chaval de 25 años que ya ha rozado la muerte en tres caídas graves, y ha regresado más fuerte después de cada una de ellas, de cuando se rompió la pelvis en un puente de Lombardía, de cuando se estrelló en la caída terrible de la Itzulia del 24, de cuando se tragó, en diciembre pasado, la puerta de una furgoneta de correos en Bélgica.