El alma es mortal, pero el impulso de la mente no se detiene tras la muerte. La mente, como la energía, no muere, se transforma. Puede existir brevemente en los mundos sutiles, pero está incómoda sin el cuerpo, que es su estado natural. Eso dicen los tibetanos, que son los que más han profundizado en la experiencia de la muerte. El vajrayāna es quizá la más salvaje, colorida y optimista de las tradiciones budistas. También la más humana. No hay ninguna experiencia, por perturbada o neurótica que sea, que pueda empañar la luminosidad radiante que nos habita. La vida nos puede arrastrar a todo tipo de enajenaciones, pero la mente pura del Buda estará siempre en el trasfondo del yo, esperando a que nos abramos a ella. El despertar no es un estado que cultivar o un objetivo que lograr, sino algo que está detrás de todos los cultivos y todos los logros, esperando a ser reconocido. Basta con vivir con naturalidad y espontaneidad, fomentando la paz mental. De ahí que el suicida, que quiere acallar su mente, se equivoque. Tras la muerte del cuerpo la mente seguirá su camino, más tortuoso si lo abandona de modo violento.

Los antiguos creían que la fuerza de transformación del mundo es mental. Y lo mental no siempre puede reducirse a lo material. En la escuela nyingma encontramos a los grandes maestros del trance chamánico. Audaces psiconautas que se han aventurado en los intrincados ámbitos de la mente del mundo, que conocen a las divinidades coléricas y pacíficas. Frente a estas concepciones, para muchos exóticas, la mentalidad moderna prefiere mirar a otro lado. En Occidente la muerte es temida por quienes viven en una relativa felicidad, y buscada por quienes se ahogan en el dolor y esperan la bendita anestesia final. Una expectativa basada en una idea dominante en la neurociencia: la mente es una cualidad de la materia. Sin materia (tal y como la entendemos hoy), no hay mente. Una visión que permite al cientifismo garantizar el anhelado descanso final. Como apunta Robert Thurman: “Nadie en sus cabales temerá la nada. Podrá ser aburrida, podrá no ser maravillosa, pero al menos será descansada, tranquila e indolora”. Hay aquí un interesante paralelismo: esa nada que anhela (o la que se resigna) el materialista es una suerte de “paz mental” análoga a la budista, que maneja una lógica más coherente. Para el vajrayāna, como para Parménides, Boecio o Leibniz, creer que algo pueda convertirse en nada es tan ingenuo como creer que de la nada pueda surgir algo.