Para adivinar cuáles serán las series punteras del mañana, hay que mirar al teatro de hoy. Los ejecutivos de televisión bien lo saben. Del festival de artes escénicas Fringe de Edimburgo, han salido, por nombrar solo algunas, Fleabag, Mi reno de peluche y Big boys, cuya tercera temporada acaba de estrenar Filmin. Las tres en formato monólogo confesional. El monólogo teatral parece el nuevo pitch —esa venta oral que los guionistas tenemos que hacer en los despachos para tratar de despertar el interés por nuestros proyectos—, y la autoficción, el reclamo definitivo, tanto para creadores como para espectadores.

Y esto no es una crítica a las tres series, que son extraordinarias, es más bien un interrogante sobre hasta qué punto se legitiman las experiencias personales como material literal de la ficción y viceversa. ¿Esto es digno de ser contado porque me ha pasado a mí? Y sobre si la autoficción debería ser considerada un plus, tanto desde el punto de vista de los creadores, como de la industria y de los espectadores. ¿Esto me interesa más porque le pasó a alguien, en concreto, al que me lo está contando? Para mí, desde luego, no es así. No creo que un relato sea más valioso narrativamente por ser personal. O más bien considero que también es personal, es decir, del autor, la narración que involucra a personajes, conflictos y entornos completamente alejados de su autobiografía. Imaginar habla de uno mismo tanto como recrear.