En la carretera entre las ciudades de Kolwezi y Fungurume se encuentran dos imponentes símbolos del control de China sobre los recursos en la República Democrática del Congo: enormes minas de cobre y cobalto propiedad de CMOC Group. Pero solo cuentan una parte de la historia. Una mirada más de cerca revela una carretera repleta de fábricas y almacenes para constructoras de Pekín, fabricantes de equipos industriales con sede en Shandong y operadores siderúrgicos de la provincia de Hebei. Los gigantes estatales se codean con buscadores de fortuna de pequeñas ciudades chinas que han establecido centros comerciales, casinos y hoteles. En menos de dos décadas, China se ha insertado en todos los niveles del negocio del cinturón de cobre del Congo, desde los comerciantes artesanales de metales en las carreteras hasta los mayoristas y multinacionales como CMOC, el mayor productor de cobalto del mundo después de superar a Glencore en 2023.
Los políticos del país africano, sin embargo, ahora buscan nuevos amigos y han recurrido a un aliado inesperado: la Casa Blanca de Donald Trump.
El Congo conmocionó los mercados de materias primas al prohibir las exportaciones de cobalto en febrero. La suspensión de cuatro meses tuvo como objetivo reanimar los precios, que habían caído a mínimos históricos. También se interpretó como una reprimenda a CMOC por superar con creces sus ya ambiciosos objetivos de producción y contribuir a la caída libre de los precios. La medida, autorizada por el presidente Félix Tshisekedi, reflejó la frustración de que, aunque el Congo produce tres cuartas partes del cobalto del mundo, son las empresas chinas —no los políticos de Kinshasa— las que determinan los precios mundiales de un metal crítico para las industrias de baterías, Defensa y aeroespacial.






