El 12 de julio de 1998, la Francia de Zinedine Zidane y Thierry Henry le endosó tres goles a la todopoderosa Brasil de Ronaldo Nazario para levantar el primer Mundial de su historia. Fue también la victoria de un país que integraba a los hijos de su inmigración, convertidos en campeones. Más de un millón y medio de personas invadieron los Campos Elíseos tras la victoria de una Francia, al fin, abiertamente multicultural. No fue una noche sin incidentes, como se ha dicho estos días. Hubo heridos. Un coche embistió a la masa y hasta se registró una muerte. Veintisiete años después, el PSG logró su primera Champions League y la policía detuvo a 599 personas, se registraron 199 heridos, dos fallecidos y un policía en coma inducido en el hospital, disparos de mortero, pillajes en supermercados, atropellos, agresiones sexuales. Todo, mientras los ultras, a menudo protagonistas de estos actos, estaban en Múnich viendo la final. Los ministros del Interior y de Justicia pidieron endurecer el Código Penal. “Llegan los bárbaros”, clamó el titular de Interior, Bruno Retailleau.
¿La sociedad francesa es hoy más violenta? Los datos, con una caída pronunciada de los homicidios, lo respaldan tímidamente. La sensación generalizada, las políticas desplegadas en los últimos años, la fuerza de la ultraderecha, la agresiva irrupción de los chalecos amarillos en 2018 o el toque de queda para menores decretado en una veintena de municipios franceses, lo subrayan. ¿Qué ha ocurrido?







