Me gustan mucho las crónicas de Fernando Neira en este periódico sobre los conciertos que ofrecen algunos personajes tan impagables como legendarios. Le he visto mejores exhibiciones a Van Morrison, el volcán romántico de Belfast. Pero hay un momento durante el primer recital que ha ofrecido en Madrid en el que percibo la humedad en los ojos y algo muy hermoso en el corazón. Es su benditamente alargada interpretación de In the Afternoon. Los recuerdos vuelven y conmueven. Escribe Neira en su crónica sobre este recital: “Las inmundicias de la vida propia, y no digamos de las ajenas, bien pueden esperar si lo que se dirime delante de nuestras narices es lo más cercano a la religión que experimentaremos los agnósticos”. No se puede explicar mejor. Pues eso, que nos duren nuestros dioses terrenales. Y si la palman ahí seguirán sus discos, sus libros, sus películas. Nos han regalado pedazos de cielo a los que creemos que tanto este como el infierno solo existen en la Tierra.
Y también leo con pasión, inquietud, miedo, un libro complejo, misterioso y apasionante titulado La llamada. La autora es Leila Guerriero. No acostumbro a conectar con sus columnas periodísticas. Sí con sus reportajes. Y este texto me parece excepcional. Me provoca sensaciones parecidas a las de El adversario. Y devoré La llamada de un tirón.






