“Hola, soy Mimi”. Miriam Doblas, 33 años, se presenta en vaqueros y sudadera. Pelo moreno, cara de sueño. Se acostó tarde dándole vueltas a las visuales de sus próximos conciertos (1.200 metros de pantallas led en una torre de 27 de alto). Y se ha despertado temprano pensando en cómo mover una pieza enorme de atrezo entre los escenarios del espectáculo. Habrá tres, por la bruja, la niña y el dragón, las “eras” de su carrera cuyos símbolos se ha tatuado en los nudillos. “A ver, hacedme sitio”, dice, pragmática, café en mano, despejando el área de desayuno del estudio fotográfico. Mide en zancadas los seis metros del escenario pequeño y calcula que sí, habrá sitio para el cacharro.
El ambicioso espectáculo —que recalará en Madrid (Metropolitano, 14 de junio), Sevilla (La Cartuja, 21 de junio) y Barcelona (Estadi Olímpic, 10 de julio), con aforos de entre 40.000 y 60.000 personas— arrancó hace un año, también de forma prosaica, cuando Mimi, insatisfecha con lo que se le ofrecía, dibujó en un papelito durante una reunión de Zoom cómo quería que fuese el diseño de su gira de estadios. Es su escaparate como artista de primer nivel internacional. La enésima reinvención de la niña “rara” de Huétor Tájar (Granada) que bailaba con la MTV segura de que llegaría al otro lado; de la primera expulsada de Operación Triunfo 2017, la edición de Amaia y Aitana, que no se conformó con que dos semanas de programa marcasen su carrera y se inventó una fábrica propia de hits. Porque cuando Mimi, la que no duerme, se preocupa y produce, entra en el camerino, sale Lola Índigo, la que posa, producida y poderosa. “Siento que trabajo para mi personaje, que soy la chica para todo que va detrás con una carpetita, lo estoy tratando en terapia, tengo que darme más las gracias por sus éxitos”, dirá luego Mimi, de nuevo en vaqueros, tras los flashes.






