En México, hablar de suicidio sigue siendo difícil. Hablar de suicidio entre niñas, niños y adolescentes lo es todavía más. Sin embargo, los datos obligan a dejar de mirar hacia otro lado. En 2024, el INEGI registró 9,051 muertes por suicidio en México. Detrás de esta cifra existe una realidad aún más preocupante: en las últimas dos décadas, la tasa de suicidio entre adolescentes de 10 a 17 años se duplicó. No estamos frente a hechos aislados ni ante casos excepcionales, sino ante una tendencia sostenida, medible y que, hasta ahora, no ha recibido una respuesta proporcional a su dimensión. Cuando las estadísticas se repiten una y otra vez, corremos el riesgo de acostumbrarnos a ellas. Los números dejan de provocar alarma y terminan normalizándose. Pero detrás de cada cifra hay una historia y, sobre todo, una generación de jóvenes mexicanos que está creciendo en medio de un malestar emocional que muchas veces no tiene nombre, espacio para expresarse ni acompañamiento. Los datos más recientes también apuntan en esa dirección. La Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco 2025 señala que 1.3 millones de adolescentes de entre 12 y 17 años —uno de cada diez— presentaron problemas psicológicos durante el último año. Un porcentaje significativo enfrenta ansiedad, trastornos de conducta y depresión que, cuando no son identificados y atendidos oportunamente, pueden evolucionar hacia situaciones de mayor gravedad y terminar reflejándose en tragedias como las que hoy muestran las estadísticas de suicidio. Pero este no pretende ser un texto sobre cifras. Es, sobre todo, un cuestionamiento a nuestra sociedad: ¿qué está pasando para que hayamos perdido capacidad de ofrecer a niñas, niños, adolescentes y jóvenes el cuidado, la crianza y la protección que necesitan y merecen? El fenómeno, por supuesto, no es exclusivo de México. La Organización Mundial de la Salud estima que más de 1,000 millones de personas viven actualmente con algún trastorno mental en el mundo y advierte que el financiamiento global destinado a atender esta problemática permanece estancado en apenas 2% del gasto en salud desde 2017. En México, el rezago también es evidente. La salud mental recibe alrededor del 2% del presupuesto de salud y, aun así, menos del 20% de las personas que requieren atención especializada consiguen recibirla. En otras palabras, ocho de cada diez personas que necesitan ayuda no la encuentran. Ahí está una de las grandes dimensiones del problema: en la distancia entre quien necesita ayuda y quien efectivamente puede recibirla. México no carece únicamente de recursos; también enfrenta una insuficiencia de infraestructura y de mecanismos de atención, particularmente cuando hablamos de niñas, niños y adolescentes. Y es precisamente durante estas etapas de la vida cuando una intervención temprana puede marcar una diferencia e incluso salvar vidas. Por eso, la prevención no puede comenzar cuando aparece una crisis. También implica transformar nuestra cultura y la manera en que acompañamos a las nuevas generaciones. Crear entornos amorosos, respetuosos y seguros, y promover una crianza con ternura en todos los espacios donde se desarrolla la niñez y la adolescencia, debe ser entendido como una pieza fundamental de la prevención. Quienes trabajan de cerca con escuelas, empresas, hospitales y comunidades lo han podido comprobar: la salud mental no se resuelve únicamente con más camas de hospital ni con campañas de un solo día. Se construye todos los días, a través de un trato sensible y cariñoso, de herramientas cotidianas para regular las emociones y de adultos —docentes, madres, padres y cuidadores— capaces de reconocer señales de alerta. También se necesitan espacios donde las y los adolescentes puedan hablar de lo que sienten antes de que ese malestar se convierta en una crisis. En México existen esfuerzos institucionales que apuntan en la dirección correcta. La Estrategia Nacional de Atención a la Salud Mental para las y los Jóvenes, iniciativas como “El ABC de las emociones” y el fortalecimiento de la Línea de la Vida representan pasos importantes. Pero ningún programa gubernamental, por sí solo, puede cerrar una brecha de esta magnitud. La salud mental tiene que convertirse en una responsabilidad compartida. Empresas, escuelas, instituciones y organizaciones de la sociedad civil deben asumirla como una prioridad y traducirla en acciones cotidianas, no como un tema secundario al que se recurre únicamente cuando una tragedia ya ocurrió. De ahí la importancia de contar con estadísticas confiables que permitan dimensionar la verdadera escala del problema. México no enfrenta solamente una falta de información; enfrenta también una carencia de acciones contundentes y proporcionales a lo que los datos han mostrado con claridad durante años. Cada adolescente que vive hoy con ansiedad o depresión sin recibir atención representa una oportunidad que estamos dejando pasar. Una oportunidad de escuchar, acompañar, intervenir y prevenir. La pregunta ya no debería ser si podemos hacer algo diferente. Los datos demuestran que debemos hacerlo. La verdadera pregunta es si como sociedad decidiremos actuar antes de que la próxima cifra vuelva a duplicarse. Presidente Ejecutiva de Fundación Medita México Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

En México se registraron 8 mil 709 suicidios durante 2025, cifra que representó una tasa de 6.7 casos por cada 100 mil habitantes, de acuerdo con el Inegi.

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