Mi padre trabajó durante cincuenta años para una empresa familiar del rubro textil en San Martín, provincia de Buenos Aires. Comenzó desde abajo y fue creciendo de a poco hasta llegar a gerente general, pero nunca abandonó su rutina fija: salía de casa a las 7:30, llegaba a la oficina a las 8:15, almorzaba siempre en el mismo restaurante cercano y, a las 19:00 en punto, cerraba su escritorio para regresar al hogar. A partir de los años ochenta, comenzó a salir un poco más temprano de casa para caminar con sus amigos en Palermo y tomar un café en Dandy antes de llegar a su oficina. Los fines de semana eran sagrados; el teléfono fijo de casa podía sonar por emergencias, pero era un acontecimiento excepcional. Su vida profesional, a pesar de las responsabilidades crecientes, mantenía contornos definidos, un principio y un final claramente demarcados. En la mesa familiar, su maletín cerrado en un rincón era el único recordatorio silencioso de su ocupación diurna; nunca se abría en ese espacio. Dos mundos separados: el productivo y el personal. Esta experiencia no era excepcional. En el imaginario laboral del siglo XX, existía un corte nítido entre tiempo de trabajo y tiempo de vida. El trabajador, fuese obrero o ejecutivo, vendía su fuerza y talento durante una cantidad predeterminada de horas, y, al culminar la jornada, recuperaba, al menos nominalmente, la soberanía sobre su tiempo. En ese modelo, el antagonismo era claro: capital y trabajo disputaban el valor de esas horas, pero no cuestionaban su delimitación. El tiempo productivo estaba contenido, localizado, cercado.