La primera generación de republicanos apostó por el federalismo, que, en el lenguaje republicano clásico, guardaba estrecha relación con el poder municipal. El fundamento de esta apuesta partía de la noción de que en una federación “los pueblos” debían preservar tanto su autonomía política como el control de sus recursos, un hecho que, se consideraba, redundaría en el bienestar de las denominadas “patrias chicas”. En un libro pionero sobre el tema –“La descentralización en el Perú republicano, 1824-1998”–, Pedro Planas analizó en detalle una serie de intentos federalistas fallidos, cuyo objetivo fundamental fue fortalecer las instituciones locales, en lo que se creía era el más eficaz antídoto contra el caudillismo. Este terminó derrotando a una notable, aunque complicada, iniciativa republicana. Para Planas, la discusión federalista, que, como tantas otras, fue sepultada por la guerra a muerte entre facciones enfrentadas por el apetitoso botín estatal, denota la existencia de un modelo de territorialización alternativa. Ciertamente, a pesar de los enormes desafíos de la indómita geografía peruana, la propuesta previamente analizada posee dos pilares que vale la pena recordar: el fortalecimiento de la ciudadanía y la promoción de las diversas potencialidades económicas de la joven república peruana.