Desde que la editorial cordobesa Chai publicó por primera vez al galés Cynan Jones, los lectores no pararon de crecer y los motivos son muchos. Con una prosa intervenida por otras voces, algunas en gaélico, otras, propias de la naturaleza, otras, quizás, salidas de un cuaderno de notas, todas, en definitiva, mostrando su propio origen, construye una poética de hombres solitarios, rústicos y, sobre todo, vulnerables, enfrentados a la hostilidad de una naturaleza cuyo salvajismo y ferocidad son narrados en lo que son, sin ser convertidos en el “otro” del mundo civilizado, y afanándose en trabajos agotadores que, a la manera de los objetivistas, describe descomponiéndolos en cada parte del proceso. Y reproduce en la escritura los silencios de un mundo alejado de la experiencia de la vida urbana, donde el entorno rural, en cada uno de sus elementos, deviene el personaje central, del que pareciera solo se puede hablar a través de los sentidos del oído y el tacto, poniendo de relieve la íntima relación de los personajes con su espacio vital. Como en el cuento “El peregrino”, donde un cazador de pichones de halcón descubre la violencia insoportable sobre los menores, cuando su pasado, en el que un compañero de clase acosado por el grupo fuera empujado al suicidio, resuena en su nuevo oficio. En “Los renos”, un hombre contratado para cazar a un oso que está diezmando el ganado se interna en la espesura de un bosque nevado y, junto con el desdibujamiento del paisaje, el perseguidor se confundirá con el perseguido y la ferocidad cambiará de bando.