Se respira en las canchas una cierta insatisfacción, como si las hinchadas, de golpe, estuvieran con pocas pulgas, al borde de los cánticos contra su propio equipo, como si hubiera un clima de ebullición generalizada. Eso es, primero, palpable en los cinco grandes, aunque, pensándolo bien, un poco menos en Boca. La salida de Úbeda descomprimió el asunto y hay una leve buena onda con el Vasco Arruabarrena, que se irá confirmando (o no) con el correr de los partidos. Con un equipo cuya base es bastante parecida a la de Úbeda (la aparición sería Flores, y no mucho más, porque Villa está de suplente y habrá que ver que nos depara Valencia), Boca juega algo mejor, o, al menos, se vislumbra a qué quiere jugar. Pero sigue estando todo atado con alambres, y en cualquier momento puede retroceder de golpe. El otro día contra Recoleta ellos estuvieron a punto de ponerse 2-0 a los 30 del primer tiempo, y ni los centrales ni el arquero ofrece garantías. Pero al menos hay, sí, un mejor clima que en los otros equipos. En San Lorenzo no parece vislumbrarse la salida. Y ahí estuvo la cancha cantando el “que se vayan todos”. No fue “la comisión, la comisión…”, ni tampoco el “jugadores…”, sino “que se vayan todos”. “Que se vayan todos” informa sobre un estado de hartazgo y desorientación. Ya no hay a quien criticar puntualmente (al director técnico, a los jugadores, a los dirigentes) sino que es más bien un canto de desgracia general, destinado al universo.